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  • DeFi: finanzas descentralizadas, estafas centralizadas

    Las finanzas descentralizadas —DeFi, en la jerga del sector— prometían eliminar a los intermediarios financieros tradicionales mediante contratos inteligentes autoejecutables. La visión era seductora: préstamos sin bancos, intercambios sin brókeres, rendimientos sin la extracción de valor de Wall Street. Lo que DeFi entregó, en la práctica, fue un ecosistema de estafas automatizadas donde la ausencia de intermediarios humanos no eliminó el fraude, sino que lo hizo más eficiente.

    El vocabulario de DeFi es deliberadamente arcano, diseñado para impresionar a neófitos y ocultar la simplicidad de las estafas subyacentes. Un rug pull —tirón de alfombra— ocurre cuando los desarrolladores de un protocolo retiran toda la liquidez y desaparecen con los fondos de los usuarios. Es la estafa más antigua del mundo —crear un negocio falso, atraer dinero, huir— ejecutada a la velocidad del blockchain. En 2021, los rug pulls representaron más de 2.800 millones de dólares en pérdidas. La cifra real es probablemente mucho mayor, dado que la mayoría de las víctimas ni siquiera saben que han sido estafadas.

    Los flash loans —préstamos instantáneos sin colateral— representan una innovación genuina de DeFi, y también su talón de Aquiles. Un flash loan permite tomar prestadas cantidades astronómicas durante el tiempo que dura una transacción, usar ese capital para manipular precios, explotar vulnerabilidades en contratos inteligentes, y devolver el préstamo con beneficios —todo en cuestión de segundos—. Es arbitraje con esteroides, y ha sido la herramienta favorita de hackers para vaciar protocolos DeFi por cientos de millones de dólares.

    La ironía fundamental de DeFi es que un ecosistema diseñado para eliminar la necesidad de confianza requiere, en la práctica, una confianza ciega en código que la inmensa mayoría de usuarios no puede leer ni auditar. Los contratos inteligentes son inmutables una vez desplegados; si contienen un bug —o una puerta trasera deliberada—, no hay manera de corregirlo. El lema del sector, code is law, suena liberador hasta que el código te roba.

    El caso de Poly Network ilustra perfectamente las contradicciones de DeFi. En agosto de 2021, un hacker explotó una vulnerabilidad para robar más de 600 millones de dólares del protocolo. Lo extraordinario fue lo que siguió: Poly Network publicó una carta abierta suplicando al hacker que devolviera los fondos, ofreciéndole trabajo como asesor de seguridad. El hacker, tras aparentes negociaciones, devolvió la mayor parte del dinero. El incidente fue celebrado como un éxito de la comunidad cripto; en realidad, demostró que DeFi depende de la buena voluntad de sus atacantes para no colapsar.

    Los yields prometidos por los protocolos DeFi deberían haber sido, por sí solos, señales de alarma. Rendimientos del 100%, 500% o 1000% anual no pueden sostenerse mediante actividad económica genuina; son matemáticamente imposibles. La única forma de pagar tales yields es mediante inflación del token nativo —es decir, diluyendo a los inversores existentes— o mediante esquemas Ponzi donde los retiros de inversores antiguos se financian con depósitos de inversores nuevos. Cuando el flujo de dinero nuevo se detiene, el castillo de naipes colapsa.

    Anchor Protocol, parte del ecosistema Terra/Luna, prometía un rendimiento estable del 20% anual en depósitos denominados en la stablecoin UST. Durante meses, ese rendimiento imposible atrajo miles de millones de dólares de inversores que preferían no preguntar de dónde salía el dinero. La respuesta, como descubrieron dolorosamente en mayo de 2022, era que no salía de ningún sitio: era una subvención insostenible que colapsó junto con todo el ecosistema Terra, vaporizando 60.000 millones de dólares en cuestión de días.

    La ausencia de regulación en DeFi no es un bug; es una feature celebrada por sus promotores. Pero esa ausencia tiene consecuencias predecibles: cuando no hay policía, los delincuentes prosperan. El ecosistema DeFi se ha convertido en un campo de pruebas para estafadores, donde nuevas modalidades de fraude se desarrollan y refinan antes de exportarse a víctimas cada vez más amplias.

    La promesa original de DeFi —democratizar el acceso a servicios financieros— ha quedado enterrada bajo capas de complejidad técnica, rendimientos insostenibles y robos a escala industrial. Lo que queda es un casino descentralizado donde las probabilidades favorecen sistemáticamente a quienes escriben el código, y donde los únicos derechos del usuario son los que el propio protocolo decida otorgarle.

  • Elon Musk señala que las operaciones en corto son una «estafa»

    Elon Musk señala que las operaciones en corto son una «estafa»

    El multimillonario Elon Musk se ha sumado a la polémica de GameStop con varios tuits en los que afirma, entre otras cosas, que las operaciones en corto son una «estafa», mostrando así su apoyo a los pequeños inversores que se coordinaron a través de Reddit para hacer subir las acciones de la compañía, provocando pérdidas millonarias a fondos de inversión de Wall Street.

    La postura de Elon Musk

    El CEO de SpaceX, Tesla, SolarCity Corporation, The Boring Company, OpenAI y Neuralink, publicó «no puedes vender casas que no posees, no puedes vender coches que no posees, pero puedes vender stocks que no posees. Las operaciones en corto son una estafa, legal solo por razones vestigiales».

    Elon Musk: "no puedes vender casas que no posees, no puedes vender coches que no posees, pero puedes vender stocks que no posees. Las operaciones en corto son una estafa legal solo por razones vestigiales".

    Ese mismo día, Elon Musk, con una fortuna de más de 235.000 millones de dólares, tuiteó que hasta Discord, una aplicación de comunicaciones que cerró un foro popular entre los comerciantes de GameStop por lenguaje ofensivo, se estaba volviendo «corpo» (corporativa).

    La polémica de GameStop es un choque generacional y un aviso a navegantes sobre quién controla los mercados, enfrentando a un ejército de inversores minoristas, muchos de ellos jóvenes nativos digitales, contra vendedores en corto de fondos, que habían apostado a que las acciones de GameStop caerían. Y en esta guerra, Elon Musk no está apoyando a Wall Street porque él mismo ha sufrido durante años cómo inversores poderosos apostaban a que las acciones de Tesla caerían.

    Su  historial con los vendedores en corto

    En 2018, el hombre más rico del mundo, agobiado por la presión de estos inversores y por fallos en su propia cadena de producción, comentó en Twitter que estaba considerando comprar y privatizar Tesla por 420 dólares la acción, por lo que fue demandado por la Comisión de Bolsa y Valores.

    Por aquel entonces también criticó en una entrevista en The New York Times esto que él considera estafa que se mantiene legal «solo por razones vestigiales», y que en España ha estado prohibido en diversos momentos (incluyendo la primera ola del Estado de Alarma).

    Durante 2020 las acciones de Tesla, la única compañía cotizada que tiene Elon Musk, han ido aumentando progresivamente, incluso a pesar de las propias declaraciones de su CEO señalando que estaban «demasiado altas», lo que ha llevado a que los vendedores en corto que apostaron contra ella hayan perdido aproximadamente 50.000 millones de dólares.