Hubo un tiempo en que comer bien significaba, sencillamente, comer variado. Aquel tiempo terminó cuando la industria alimentaria descubrió que podía cobrar un sobreprecio astronómico por cualquier producto al que se le adjuntase la etiqueta de superalimento, un término que no tiene definición científica, que ninguna agencia reguladora reconoce oficialmente y que funciona exactamente como funcionan todas las palabras mágicas del capitalismo: prometiendo bastante más de lo que la realidad puede entregar.
La mecánica de esta estafa respeta un guion tan predecible que ya debería resultar transparente. Primero, un estudio científico (a menudo realizado in vitro o con muestras ridículamente pequeñas) detecta que un alimento contiene cierta concentración de antioxidantes, polifenoles o algún otro compuesto cuyo nombre suene suficientemente técnico como para intimidar al consumidor medio. Segundo, la industria del marketing nutricional extrae ese hallazgo de su contexto, lo amplifica hasta desfigurarlo y lo convierte en titular: «La baya que previene el cáncer», «El grano que alarga la vida», «La semilla que tu cuerpo necesita». Tercero, el producto aparece en las estanterías de las tiendas orgánicas a un precio que multiplica por diez o por veinte el de cualquier alimento local con propiedades equivalentes. El ciclo completo, del laboratorio al lineal, rara vez supera los dieciocho meses, lo que permite una rotación constante de superalimentos de moda que mantiene el motor comercial en funcionamiento perpetuo.
Conviene detenerse en la trampa lingüística, dado que es ahí donde reside la sofisticación de la estafa. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria prohibió en 2007 el uso del término «superalimento» en el etiquetado a menos que fuese acompañado de una declaración de salud autorizada y respaldada por evidencia científica. La industria respondió con una elegancia digna de mejor causa: dejó de usar la palabra en el envase y la trasladó al discurso que envuelve al envase. Los blogs, los influencers, las revistas de bienestar y los nutricionistas de Instagram se convirtieron en el canal publicitario que la regulación no podía alcanzar. El producto llega al consumidor ya bautizado como superalimento antes de que este lea la etiqueta, de modo que la prohibición legal resulta tan eficaz como cerrar la puerta principal de una casa sin paredes.
Analicemos algunos casos concretos. La quinoa, grano andino que alimentó a civilizaciones enteras durante milenios, se convirtió en fetiche nutricional del consumidor occidental a partir de 2010. Su demanda internacional disparó los precios hasta tal punto que las comunidades bolivianas y peruanas que la cultivaban dejaron de poder permitírsela como alimento básico, viéndose obligadas a sustituirla por productos procesados más baratos y nutricionalmente inferiores. El superalimento de unos provocó la malnutrición de otros, una paradoja que ningún blog de recetas saludables se detuvo a examinar mientras publicaba su enésima ensalada de quinoa con aguacate.
El açaí recorrió un camino similar. Esta pequeña baya amazónica, consumida tradicionalmente por comunidades indígenas brasileñas como parte de su dieta cotidiana, fue catapultada al estrellato nutricional global con promesas de propiedades antioxidantes casi milagrosas. Ningún ensayo clínico riguroso ha demostrado que el açaí posea beneficios superiores a los de los arándanos, las moras o las frambuesas que cualquier consumidor europeo encuentra en su frutería habitual por una fracción del coste. Con todo, el açaí bowl se instaló en las cafeterías de medio mundo como símbolo de un estilo de vida saludable y consciente, a un precio medio de ocho euros por ración, mientras que la presión sobre los ecosistemas amazónicos para satisfacer esa demanda no dejó de intensificarse.
La chía, las bayas de goji, la espirulina, la cúrcuma, el colágeno bebible: cada temporada trae su nuevo mesías nutricional, y cada mesías acaba relegado al fondo de la despensa cuando el siguiente ocupa su lugar en el escaparate. El patrón revela que lo que se vende no es salud, sino la ilusión de control sobre la salud. En una época donde la enfermedad se percibe como fracaso personal y el cuerpo como proyecto de optimización permanente, el superalimento ofrece algo que la medicina seria jamás prometerá: la certeza de que estás haciendo lo correcto, de que cada cucharada de semillas de cáñamo te aleja un poco más de la decadencia física. Es, en esencia, un amuleto comestible.
Los nutricionistas con formación rigurosa llevan años repitiendo el mismo mensaje, que resulta tan poco atractivo para la industria editorial como incontestable desde el punto de vista científico: no existen alimentos milagrosos. Existen patrones alimentarios saludables, cuya base consiste en consumir frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y proteínas de calidad en cantidades razonables. Las lentejas de toda la vida contienen más hierro que la mayoría de los superalimentos importados; el brócoli aporta más sulforafano que cualquier suplemento encapsulado; la naranja de temporada proporciona más vitamina C biodisponible que el polvo de camu camu que se vende a cuarenta euros los cien gramos. La diferencia fundamental entre lo uno y lo otro no es nutricional, sino narrativa. Las lentejas no tienen historia épica que contar; el camu camu, sí.
Y ahí habita el núcleo de la estafa: en la sustitución del conocimiento por el relato, de la evidencia por la anécdota, de la dieta equilibrada por la búsqueda perpetua del ingrediente redentor. Cada superalimento que compramos a precio de lujo nos aleja un poco más de la verdad más simple y menos rentable de la nutrición: que comer bien no requiere ningún producto exótico, ningún suplemento milagroso, ninguna suscripción a ninguna newsletter de bienestar. Solo requiere sentido común. Pero el sentido común, como todo lo que funciona de verdad, tiene el defecto imperdonable de ser gratuito.

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