Las SPACs: el atajo de los famosos hacia tu cartera

Las SPACs: el atajo de los famosos hacia tu cartera

En el catálogo de innovaciones financieras dudosas que florecieron durante la era del dinero fácil, pocas merecen tanto escrutinio como las SPACs (Special Purpose Acquisition Companies). Estos vehículos, también conocidos como empresas de cheque en blanco, permitieron que cientos de compañías accedieran a los mercados públicos sin someterse al escrutinio que una oferta pública inicial tradicional exige. El resultado fue predecible: una epidemia de estafas, sobrevaloraciónes y pérdidas masivas para inversores minoristas, todo ello bendecido por celebridades que prestaron sus nombres a cambio de participaciones gratuitas.

El mecanismo de una SPAC es superficialmente elegante. Un promotor —llamado sponsor— crea una empresa vacía cuyo único activo es efectivo recaudado de inversores. Esta empresa sale a bolsa prometiendo que, en un plazo determinado (típicamente dos años), identificará y adquirirá una empresa privada prometedora. Los inversores compran acciones de la SPAC sin saber qué empresa acabarán poseyendo; confían en el juicio y la red de contactos del sponsor.

Para la empresa privada que es adquirida, la SPAC ofrece ventajas irresistibles. Evita el proceso largo y costoso de una OPV tradicional. Permite negociar la valoración directamente con el sponsor, sin la disciplina que imponen los bancos de inversión y sus libros de órdenes. Y, crucialmente, permite realizar proyecciones financieras futuras que serían ilegales en una OPV convencional. Estas proyecciones, frecuentemente delirantes, fueron la herramienta favorita de empresas como Nikola para justificar valoraciones sin fundamento.

El problema de las SPACs es que los incentivos están perversamente alineados. El sponsor recibe típicamente el 20% de las acciones de la SPAC como compensación, independientemente del rendimiento posterior de la empresa adquirida. Esto significa que el sponsor gana dinero simplemente completando una adquisición, aunque esa adquisición destruya valor. El inversor minorista, por su parte, compra acciones de una empresa que aún no existe, confiando en que el sponsor priorizará sus intereses sobre los propios. Es una apuesta sobre la integridad humana que la historia financiera sugiere imprudente.

Entre 2020 y 2021, las SPACs se convirtieron en la fiebre del momento. Cientos de ellas salieron a bolsa, recaudando más de 250.000 millones de dólares. La lista de sponsors era un quién es quién del capitalismo de celebridades: Shaquille O’Neal promovió una SPAC llamada Forest Road; Serena Williams respaldó otra llamada Jaws Spitfire; Colin Kaepernick se asoció con una centrada en justicia social; Jay-Z, A-Rod, incluso el expresidente de la Cámara de Representantes Paul Ryan, todos pusieron sus nombres al servicio del vehículo de moda.

El papel de estas celebridades era, fundamentalmente, el de cebos de marketing. Su presencia atraía a inversores minoristas que confiaban en sus ídolos más que en cualquier análisis financiero. El mensaje implícito era claro: si Shaq está invirtiendo, debe ser una buena oportunidad. Lo que los inversores no siempre entendían es que Shaq no estaba invirtiendo en el mismo sentido que ellos: recibía acciones gratuitas como compensación por el uso de su imagen, mientras los inversores minoristas pagaban precio completo.

Los resultados fueron desastrosos. Un estudio de Stanford analizó 47 SPACs que completaron fusiones entre 2019 y 2020, descubriendo que, en promedio, los inversores que mantuvieron acciones tras la fusión perdieron más de la mitad de su dinero en el primer año. Las empresas adquiridas mediante SPACs mostraron un rendimiento sistemáticamente peor que empresas comparables que salieron a bolsa por vías tradicionales. La SPAC, que teóricamente democratizaba el acceso a inversiones de alto crecimiento, funcionó en la práctica como una máquina de transferir riqueza de inversores minoristas hacia sponsors, celebridades y fundadores de empresas sobrevaloradas.

Algunos casos específicos ilustran la magnitud del desastre. Lordstown Motors, un fabricante de camiones eléctricos que salió a bolsa mediante SPAC en 2020, colapsó tras revelarse que sus pedidos eran en gran medida ficticios. Clover Health, una aseguradora promovida por Chamath Palihapitiya —el autoproclamado SPAC king—, se desplomó más del 80% tras una investigación de Hindenburg Research. Electric Last Mile Solutions quebró menos de un año después de su debut en bolsa, con sus ejecutivos acusados de manipulación de acciones.

El caso de Chamath Palihapitiya merece mención especial. Este exejecutivo de Facebook se convirtió en el rostro público de las SPACs, promoviendo un discurso populista sobre democratizar el acceso a las mejores inversiones. Lanzó múltiples SPACs con tickers que iban de IPOA a IPOF, cada una prometiendo identificar al próximo unicornio. Sus apariciones televisivas generaban oleadas de compras minoristas. Lo que Palihapitiya no publicitaba era que vendía sistemáticamente sus propias acciones mientras promovía las empresas al público. Cuando los mercados se enfriaron y sus SPACs se desplomaron, Palihapitiya ya había cristalizado beneficios multimillonarios.

La SEC, típicamente lenta en reaccionar, finalmente propuso en 2022 nuevas reglas para las SPACs, incluyendo mayores requisitos de divulgación y responsabilidad legal por proyecciones engañosas. Para entonces, el daño estaba hecho. Miles de millones de dólares habían fluido desde cuentas de ahorro de inversores ordinarios hacia bolsillos de sponsors, celebridades y fundadores de empresas que jamás habrían sobrevivido el escrutinio de una OPV tradicional.

La estafa de las SPACs no fue, técnicamente, ilegal en la mayoría de casos. Las reglas se siguieron; simplemente eran reglas diseñadas para beneficiar a insiders. Es la forma más perniciosa de estafa: aquella que opera dentro del perímetro de la legalidad mientras extrae sistemáticamente valor de los menos informados. Cuando Shaquille O’Neal promociona una inversión que él mismo recibe gratis, no está violando ninguna ley; está simplemente explotando la confianza de fans que merecían mejor.

La fiebre SPAC ha remitido, pero las lecciones permanecen. Cuando una estructura financiera permite que celebridades sin experiencia inversora ganen millones promoviendo empresas que no entienden a públicos que no pueden evaluar los riesgos, esa estructura no es democratización: es depredación con relaciones públicas.

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.