Si WeWork fue la estafa del carisma masculino desbordante, Theranos fue la estafa del genio femenino contenido. Elizabeth Holmes, con su cuello alto negro imitando a Steve Jobs, su voz artificialmente grave, y su mirada de intensidad perturbadora, construyó un imperio de humo que alcanzó los 9.000 millones de dólares de valoración antes de derrumbarse en un escándalo que puso en riesgo vidas reales. Es, quizá, la estafa más peligrosa de la era startup, porque no se limitó a destruir riqueza: comprometió la salud de pacientes que confiaron en análisis de sangre fraudulentos.
Holmes fundó Theranos en 2003, con apenas 19 años, tras abandonar Stanford. Su visión era revolucionaria: un dispositivo capaz de realizar cientos de análisis de sangre a partir de una sola gota extraída del dedo, en minutos, a una fracción del coste de los laboratorios tradicionales. Si funcionara, transformaría la medicina preventiva. Cada hogar podría tener un Theranos; cada farmacia, un laboratorio completo. Era el sueño de la democratización de la salud, envuelto en estética Apple.
El problema es que no funcionaba. Nunca funcionó. La tecnología que Holmes describía violaba principios básicos de bioquímica. Una gota de sangre capilar no contiene suficiente material para análisis múltiples con precisión clínica. La dilución necesaria introduce errores inaceptables. Científicos de la propia empresa advirtieron que los resultados eran erráticos, inconsistentes, potencialmente letales. Holmes los ignoró, los silenció, o los despidió.
Lo extraordinario de Theranos no fue que Holmes mintiera —los estafadores mienten—, sino quiénes eligieron creerle. El consejo de administración de Theranos era un quién es quién del establishment americano: Henry Kissinger, George Shultz (dos secretarios de Estado), James Mattis (futuro secretario de Defensa), Sam Nunn (exsenador), William Perry (exsecretario de Defensa). Ninguno tenía experiencia en medicina, biotecnología o diagnóstico clínico. Todos tenían acceso a poder, prestigio y redes de contactos que legitimaron a la empresa ante reguladores, socios comerciales e inversores.
La composición de ese consejo revela la naturaleza profunda de la estafa. Holmes no vendía tecnología; vendía acceso al futuro a hombres viejos fascinados por una joven que parecía encarnar la siguiente generación. La dinámica era casi paternal: estos patriarcas de la política exterior americana querían creer que estaban ayudando a una visionaria a cambiar el mundo. Cuestionar a Holmes habría significado cuestionar su propio juicio, admitir que habían sido seducidos por una performance más que por sustancia.
Rupert Murdoch invirtió 125 millones de dólares. Betsy DeVos, futura secretaria de Educación, invirtió 100 millones. La familia Walton, heredera de Walmart, puso 150 millones. El denominador común no era experiencia en salud, sino riqueza extrema y ego monumental. Theranos se convirtió en el club exclusivo donde los millonarios demostraban su sofisticación apostando por la disrupción médica.
Mientras tanto, Theranos comenzó a procesar muestras reales de pacientes reales. Walgreens, seducida por la promesa de laboratorios en cada farmacia, firmó un acuerdo para instalar centros Theranos. Los resultados de esos análisis —niveles de colesterol, marcadores de cáncer, indicadores de VIH— eran utilizados por médicos para tomar decisiones clínicas. Algunos pacientes recibieron falsos positivos que los sometieron a biopsias innecesarias. Otros recibieron falsos negativos que retrasaron tratamientos urgentes. La estafa de Theranos no destruyó solo carteras; dañó cuerpos.
John Carreyrou, periodista de The Wall Street Journal, comenzó a investigar Theranos en 2015 tras recibir soplos de exempleados. Lo que descubrió fue una operación de encubrimiento sistemático: Theranos usaba equipos comerciales de otras empresas para los análisis que su propia tecnología no podía realizar, manipulaba datos, intimidaba a denunciantes con ejércitos de abogados. Holmes, al enterarse de la investigación, desplegó todo su arsenal: contactos políticos, presiones corporativas, amenazas legales. David Boies, uno de los abogados más poderosos de América, acosó personalmente a fuentes de Carreyrou.
El imperio se derrumbó de todos modos. Los artículos de Carreyrou, publicados en octubre de 2015, desencadenaron investigaciones regulatorias que confirmaron lo que los científicos sabían desde hacía años: los análisis de Theranos no servían. La empresa invalidó dos años de resultados, admitiendo implícitamente que había puesto en riesgo la salud de miles de pacientes. Holmes fue inhabilitada para operar laboratorios. En 2018, fue acusada de fraude masivo.
El juicio de Elizabeth Holmes, celebrado en 2021-2022, fue un espectáculo de deflexión y victimización. Holmes alegó que había sido abusada y manipulada por su exnovio y socio Sunny Balwani. Afirmó que creía genuinamente en la tecnología. Presentó testigos de carácter que la describían como dedicada e idealista. El jurado no quedó convencido: Holmes fue declarada culpable de cuatro cargos de fraude y sentenciada a más de once años de prisión.
La estafa de Theranos contiene lecciones que van más allá del mundo startup. Demuestra que el prestigio no es garantía contra el engaño; de hecho, puede facilitar el engaño al crear una burbuja de deferencia donde nadie se atreve a hacer preguntas incómodas. Demuestra que la obsesión con los fundadores carismáticos —el culto al genio individual— ciega a inversores ante señales de alarma obvias. Y demuestra, sobre todo, que hay límites que la estafa corporativa no debería cruzar: cuando el producto es salud, cuando las víctimas son pacientes, la línea entre fraude financiero y daño físico se difumina peligrosamente.
Elizabeth Holmes quería ser Steve Jobs. Acabó siendo la prueba de que un cuello alto y una visión grandilocuente no sustituyen a un producto que funcione.

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