Categoría: Crimtech y corrupción

  • Las SPACs: el atajo de los famosos hacia tu cartera

    Las SPACs: el atajo de los famosos hacia tu cartera

    En el catálogo de innovaciones financieras dudosas que florecieron durante la era del dinero fácil, pocas merecen tanto escrutinio como las SPACs (Special Purpose Acquisition Companies). Estos vehículos, también conocidos como empresas de cheque en blanco, permitieron que cientos de compañías accedieran a los mercados públicos sin someterse al escrutinio que una oferta pública inicial tradicional exige. El resultado fue predecible: una epidemia de estafas, sobrevaloraciónes y pérdidas masivas para inversores minoristas, todo ello bendecido por celebridades que prestaron sus nombres a cambio de participaciones gratuitas.

    El mecanismo de una SPAC es superficialmente elegante. Un promotor —llamado sponsor— crea una empresa vacía cuyo único activo es efectivo recaudado de inversores. Esta empresa sale a bolsa prometiendo que, en un plazo determinado (típicamente dos años), identificará y adquirirá una empresa privada prometedora. Los inversores compran acciones de la SPAC sin saber qué empresa acabarán poseyendo; confían en el juicio y la red de contactos del sponsor.

    Para la empresa privada que es adquirida, la SPAC ofrece ventajas irresistibles. Evita el proceso largo y costoso de una OPV tradicional. Permite negociar la valoración directamente con el sponsor, sin la disciplina que imponen los bancos de inversión y sus libros de órdenes. Y, crucialmente, permite realizar proyecciones financieras futuras que serían ilegales en una OPV convencional. Estas proyecciones, frecuentemente delirantes, fueron la herramienta favorita de empresas como Nikola para justificar valoraciones sin fundamento.

    El problema de las SPACs es que los incentivos están perversamente alineados. El sponsor recibe típicamente el 20% de las acciones de la SPAC como compensación, independientemente del rendimiento posterior de la empresa adquirida. Esto significa que el sponsor gana dinero simplemente completando una adquisición, aunque esa adquisición destruya valor. El inversor minorista, por su parte, compra acciones de una empresa que aún no existe, confiando en que el sponsor priorizará sus intereses sobre los propios. Es una apuesta sobre la integridad humana que la historia financiera sugiere imprudente.

    Entre 2020 y 2021, las SPACs se convirtieron en la fiebre del momento. Cientos de ellas salieron a bolsa, recaudando más de 250.000 millones de dólares. La lista de sponsors era un quién es quién del capitalismo de celebridades: Shaquille O’Neal promovió una SPAC llamada Forest Road; Serena Williams respaldó otra llamada Jaws Spitfire; Colin Kaepernick se asoció con una centrada en justicia social; Jay-Z, A-Rod, incluso el expresidente de la Cámara de Representantes Paul Ryan, todos pusieron sus nombres al servicio del vehículo de moda.

    El papel de estas celebridades era, fundamentalmente, el de cebos de marketing. Su presencia atraía a inversores minoristas que confiaban en sus ídolos más que en cualquier análisis financiero. El mensaje implícito era claro: si Shaq está invirtiendo, debe ser una buena oportunidad. Lo que los inversores no siempre entendían es que Shaq no estaba invirtiendo en el mismo sentido que ellos: recibía acciones gratuitas como compensación por el uso de su imagen, mientras los inversores minoristas pagaban precio completo.

    Los resultados fueron desastrosos. Un estudio de Stanford analizó 47 SPACs que completaron fusiones entre 2019 y 2020, descubriendo que, en promedio, los inversores que mantuvieron acciones tras la fusión perdieron más de la mitad de su dinero en el primer año. Las empresas adquiridas mediante SPACs mostraron un rendimiento sistemáticamente peor que empresas comparables que salieron a bolsa por vías tradicionales. La SPAC, que teóricamente democratizaba el acceso a inversiones de alto crecimiento, funcionó en la práctica como una máquina de transferir riqueza de inversores minoristas hacia sponsors, celebridades y fundadores de empresas sobrevaloradas.

    Algunos casos específicos ilustran la magnitud del desastre. Lordstown Motors, un fabricante de camiones eléctricos que salió a bolsa mediante SPAC en 2020, colapsó tras revelarse que sus pedidos eran en gran medida ficticios. Clover Health, una aseguradora promovida por Chamath Palihapitiya —el autoproclamado SPAC king—, se desplomó más del 80% tras una investigación de Hindenburg Research. Electric Last Mile Solutions quebró menos de un año después de su debut en bolsa, con sus ejecutivos acusados de manipulación de acciones.

    El caso de Chamath Palihapitiya merece mención especial. Este exejecutivo de Facebook se convirtió en el rostro público de las SPACs, promoviendo un discurso populista sobre democratizar el acceso a las mejores inversiones. Lanzó múltiples SPACs con tickers que iban de IPOA a IPOF, cada una prometiendo identificar al próximo unicornio. Sus apariciones televisivas generaban oleadas de compras minoristas. Lo que Palihapitiya no publicitaba era que vendía sistemáticamente sus propias acciones mientras promovía las empresas al público. Cuando los mercados se enfriaron y sus SPACs se desplomaron, Palihapitiya ya había cristalizado beneficios multimillonarios.

    La SEC, típicamente lenta en reaccionar, finalmente propuso en 2022 nuevas reglas para las SPACs, incluyendo mayores requisitos de divulgación y responsabilidad legal por proyecciones engañosas. Para entonces, el daño estaba hecho. Miles de millones de dólares habían fluido desde cuentas de ahorro de inversores ordinarios hacia bolsillos de sponsors, celebridades y fundadores de empresas que jamás habrían sobrevivido el escrutinio de una OPV tradicional.

    La estafa de las SPACs no fue, técnicamente, ilegal en la mayoría de casos. Las reglas se siguieron; simplemente eran reglas diseñadas para beneficiar a insiders. Es la forma más perniciosa de estafa: aquella que opera dentro del perímetro de la legalidad mientras extrae sistemáticamente valor de los menos informados. Cuando Shaquille O’Neal promociona una inversión que él mismo recibe gratis, no está violando ninguna ley; está simplemente explotando la confianza de fans que merecían mejor.

    La fiebre SPAC ha remitido, pero las lecciones permanecen. Cuando una estructura financiera permite que celebridades sin experiencia inversora ganen millones promoviendo empresas que no entienden a públicos que no pueden evaluar los riesgos, esa estructura no es democratización: es depredación con relaciones públicas.

  • Stablecoins inestables: Terra/Luna y el efecto dominó

    Stablecoins inestables: Terra/Luna y el efecto dominó

    Las stablecoins nacieron para resolver el problema más evidente de las criptomonedas: su volatilidad inutilizadora. Una moneda que puede perder el 20% de su valor mientras duermes no sirve como medio de intercambio ni como reserva de valor. Las stablecoins prometían lo mejor de ambos mundos: la infraestructura cripto combinada con la estabilidad del dólar. Lo que algunas entregaron fue la mayor estafa algorítmica de la historia.

    El ecosistema Terra/Luna, creado por Do Kwon, un emprendedor surcoreano con más carisma que escrúpulos, proponía una arquitectura ingeniosa sobre el papel. UST, la stablecoin del sistema, mantenía su paridad con el dólar mediante un mecanismo de arbitraje con Luna, el token nativo. Cuando UST caía por debajo del dólar, se podía quemar UST para crear Luna, reduciendo la oferta y restaurando el precio. Cuando UST subía, se podía quemar Luna para crear UST. Era un perpetuum mobile financiero: una stablecoin respaldada únicamente por la fe en otra criptomoneda.

    Para atraer capital al ecosistema, Terra creó Anchor Protocol, que prometía un rendimiento del 20% anual sobre depósitos en UST. El rendimiento era insostenible por diseño —Anchor perdía dinero con cada depósito—, pero cumplía su función de cebo: miles de millones de dólares fluyeron hacia el protocolo de inversores seducidos por retornos imposibles. En su pico, Anchor contenía más de 14.000 millones de dólares en depósitos.

    La estafa de Terra/Luna no era, técnicamente, un fraude en el sentido legal. Do Kwon no robó dinero de una caja fuerte. Lo que hizo fue construir un sistema matemáticamente destinado al colapso y promocionarlo como una innovación revolucionaria. El mecanismo de estabilización de UST funcionaba mientras hubiera demanda creciente; en el momento en que esa demanda se invirtiera, el sistema entraría en una espiral de muerte donde cada venta de UST generaría más Luna, devaluando Luna, lo cual reduciría la confianza en UST, generando más ventas.

    Esa espiral llegó en mayo de 2022. Un retiro masivo de UST de Anchor desencadenó exactamente la dinámica que los críticos habían advertido durante meses. En cuestión de días, UST perdió completamente su paridad con el dólar, llegando a cotizar a centavos. Luna, que había alcanzado un máximo de 119 dólares por token, colapsó a fracciones de céntimo. 60.000 millones de dólares en valor de mercado se evaporaron, arrastrando consigo a los fondos, plataformas y personas que habían apostado por el ecosistema.

    Las consecuencias fueron devastadoras y no se limitaron a Terra. El contagio se extendió como un incendio forestal por el ecosistema cripto. Celsius, una plataforma de préstamos cripto con exposición masiva a Terra, suspendió los retiros y eventualmente colapsó. Three Arrows Capital, un hedge fund que había apostado fuerte por Luna, quebró espectacularmente, desencadenando una cascada de liquidaciones. La crisis de confianza contribuyó al posterior colapso de FTX. El efecto dominó de Terra/Luna demostró lo interconectado y frágil que era el castillo de naipes cripto.

    Do Kwon, por su parte, huyó de Corea del Sur, fue detenido en Montenegro con documentos falsificados, y actualmente enfrenta cargos criminales en múltiples jurisdicciones. Su arrogancia en redes sociales durante el auge de Terra —burlándose de críticos, presumiendo de su riqueza, desestimando advertencias legítimas— se ha convertido en evidencia documental de su desprecio por los inversores a quienes destruyó.

    El colapso de Terra/Luna debería haber sido un momento de reflexión para el ecosistema cripto. En su lugar, fue rápidamente olvidado, las víctimas fueron culpabilizadas por su propia codicia, y los promotores del sector continuaron vendiendo la próxima iteración del mismo sueño. Es el patrón constante de la amnesia cripto: cada estafa es tratada como un caso aislado, nunca como síntoma de un sistema diseñado para producir estafas.

    Las stablecoins algorítmicas siguen existiendo, aunque con menor tracción tras el desastre de Terra. La lección que deberíamos extraer es simple: una moneda estable respaldada únicamente por confianza y código no es estable; es una bomba de tiempo esperando las condiciones adecuadas para detonar.

  • ICOs y la fiebre del oro digital

    ICOs y la fiebre del oro digital

    El año 2017 será recordado en la historia financiera como el período en que se demostró, de forma concluyente, que la humanidad no ha aprendido nada desde la tulipomanía holandesa del siglo XVII. Las Initial Coin Offerings —ICOs— representaron la forma más pura de estafa financiera masiva que el siglo XXI ha producido: la capacidad de recaudar millones de dólares presentando únicamente un PDF con promesas grandilocuentes y una dirección de cartera de Ethereum.

    La mecánica de una ICO era de una simplicidad desarmante. Un equipo —frecuentemente anónimo o pseudónimo— publicaba un whitepaper describiendo un proyecto revolucionario que utilizaría tecnología blockchain para resolver algún problema, real o imaginario. Luego vendía tokens que supuestamente darían acceso al futuro servicio o representarían participación en el futuro éxito del proyecto. Los inversores enviaban criptomonedas, recibían tokens a cambio, y esperaban que el valor de esos tokens se multiplicara cuando el proyecto se materializara.

    El problema era que la inmensa mayoría de proyectos nunca se materializaron. Estudios posteriores revelaron que más del 80% de las ICOs de 2017-2018 fueron estafas deliberadas, fracasos rotundos, o proyectos abandonados. Los miles de millones recaudados se evaporaron en una combinación de fraude, incompetencia y gastos extravagantes. Los fundadores de proyectos fallidos compraron yates, fiestas, mansiones, y desaparecieron hacia jurisdicciones sin tratados de extradición.

    El caso de Centra Tech ilustra el patrón con claridad didáctica. Sus fundadores recaudaron 32 millones de dólares prometiendo una tarjeta de débito respaldada por Visa y Mastercard que permitiría gastar criptomonedas en cualquier comercio. El proyecto fue promocionado por celebridades como Floyd Mayweather y DJ Khaled, quienes cobraron por sus endorsements sin revelar ese detalle a sus seguidores. Resultó que las alianzas con Visa y Mastercard eran inexistentes, que los ejecutivos listados en el whitepaper eran ficticios, y que todo el proyecto era una estafa desde su concepción. Los fundadores fueron condenados a prisión; los inversores nunca recuperaron su dinero.

    Tezos recaudó 232 millones de dólares en su ICO, convirtiéndose en una de las mayores de la historia. Poco después, el proyecto se sumió en disputas internas, demandas legales, y una gobernanza caótica que retrasó su lanzamiento años más de lo prometido. No fue técnicamente una estafa —el proyecto eventualmente se materializó—, pero ilustró cómo incluso las ICOs legítimas operaban con un nivel de disfunción organizativa que sería impensable en cualquier vehículo de inversión regulado.

    Lo que hacía posible el boom de las ICOs era una laguna regulatoria que los promotores explotaron sin pudor. Las ICOs eran, funcionalmente, ofertas de valores no registrados. Pero al denominarse tokens de utilidad en lugar de acciones, y al venderse en criptomonedas en lugar de dólares, los emisores argumentaron que no estaban sujetos a las leyes de valores. Fue un argumento legal endeble que los reguladores tardaron años en desmontar, tiempo suficiente para que la fiebre especulativa hiciera su daño.

    La SEC estadounidense eventualmente comenzó a perseguir las ICOs más flagrantes, imponiendo multas y forzando devoluciones. Pero la aplicación fue selectiva y tardía, dejando a miles de inversores minoristas sin recursos. Las jurisdicciones fuera de Estados Unidos fueron aún más laxas, convirtiendo a Singapur, Suiza, y Malta en paraísos para la recaudación fraudulenta.

    El legado de las ICOs es instructivo. Demostraron que la tecnología blockchain no ofrece ninguna protección contra la estafa más antigua del mundo: prometer más de lo que se puede entregar. Demostraron que la eliminación de intermediarios regulados no empodera al pequeño inversor, sino que lo deja indefenso ante depredadores. Y demostraron que la codicia humana es infinitamente renovable; apenas se cerró el ciclo de las ICOs, la misma dinámica se reprodujo con NFTs, memecoins, y cada nueva iteración del casino cripto.

    El único aprendizaje duradero de las ICOs es uno que debería ser obvio: cuando alguien te ofrece participar en la planta baja de una revolución tecnológica, probablemente estás participando en el sótano de una estafa.

  • Los exchanges sin ley: de Mt. Gox a Binance

    Los exchanges sin ley: de Mt. Gox a Binance

    La historia de los exchanges de criptomonedas es, fundamentalmente, la historia de una estafa recurrente: plataformas que prometen custodiar los fondos de sus usuarios y que, una y otra vez, los hacen desaparecer. No es un fallo del sistema; es el sistema.

    Mt. Gox fue el primer gran exchange de Bitcoin y también la primera gran catástrofe. Fundado originalmente como una plataforma para intercambiar cartas de Magic: The Gathering —de ahí su nombre: Magic The Gathering Online eXchange—, acabó procesando el 70% de todas las transacciones de Bitcoin del mundo. En febrero de 2014, la plataforma cerró abruptamente tras confesar que había perdido 850.000 bitcoins de sus clientes, valorados entonces en 450 millones de dólares. La explicación oficial fue un hackeo; la realidad, que emergió tras años de litigios, fue una combinación de incompetencia, negligencia y posible fraude interno.

    Lo extraordinario de Mt. Gox no fue el colapso en sí, sino que estableció un patrón que se repetiría incesantemente durante la década siguiente. Los exchanges de criptomonedas operaban —y en gran medida siguen operando— en un limbo regulatorio que les permite hacer cosas que serían impensables para cualquier institución financiera tradicional: mezclar fondos de clientes con fondos propios, invertir depósitos en activos especulativos, operar sin auditorías externas, y ubicarse en jurisdicciones donde la supervisión es inexistente.

    Quadriga, el mayor exchange canadiense, colapsó en 2019 tras la muerte de su fundador, Gerald Cotten, quien supuestamente era el único que conocía las contraseñas de las billeteras frías donde se guardaban los fondos. Resultó que esas billeteras estaban vacías desde hacía tiempo: Cotten había estado operando un esquema Ponzi clásico, pagando retiros con depósitos nuevos. Los 169 millones de dólares que debían a los clientes simplemente no existían.

    El patrón se repitió con Celsius, Voyager, BlockFi, y alcanzó su apoteosis con FTX. Todas estas plataformas compartían características comunes: marketing agresivo, promesas de rendimientos elevados, ausencia total de transparencia sobre sus operaciones internas, y un colapso repentino cuando las condiciones del mercado empeoraron. En todos los casos, los usuarios descubrieron demasiado tarde que sus fondos no estaban donde creían que estaban.

    Binance, el mayor exchange del mundo por volumen de operaciones, representa un capítulo particularmente ilustrativo de la cultura de impunidad del sector. Durante años, Binance operó sin sede legal declarada, presumiendo de su agilidad para evadir reguladores. Su fundador, Changpeng Zhao, cultivó una imagen de rebelde tecnológico enfrentado a burocracias obsoletas. En 2023, Binance y Zhao se declararon culpables de violaciones masivas de las leyes contra el blanqueo de dinero en Estados Unidos, pagando una multa de 4.300 millones de dólares —la mayor en la historia del Departamento del Tesoro—. Zhao dimitió y fue sentenciado a prisión.

    Lo revelador del caso Binance no es que violara la ley —eso era evidente para cualquier observador atento—, sino que tardara tanto en enfrentar consecuencias. Durante años, Binance fue el centro neurálgico del ecosistema cripto, procesando transacciones que incluían desde evasión fiscal hasta financiación del terrorismo, mientras reguladores de todo el mundo miraban hacia otro lado o carecían de herramientas para actuar.

    La estafa de los exchanges no es únicamente una estafa financiera; es una estafa regulatoria. El sector cripto ha invertido enormes recursos en lobby para evitar ser sometido a las mismas normas que aplican a bancos y brókeres tradicionales. El argumento siempre es el mismo: la innovación requiere libertad, la regulación mata la creatividad, el futuro pertenece a los audaces. Lo que ese argumento oculta es que las regulaciones financieras existen precisamente porque, sin ellas, los intermediarios tienden a robar el dinero de sus clientes. No es teoría; es historia, repetida una y otra vez.

    El usuario medio de criptomonedas opera bajo la ilusión de estar participando en un sistema descentralizado y resistente a la censura. La realidad es que la inmensa mayoría de las transacciones pasan por intermediarios centralizados tan opacos como cualquier banco, pero sin ninguna de las protecciones que la regulación bancaria ha construido durante siglos. Cuando tu exchange colapsa, no hay fondo de garantía de depósitos que te rescate. No hay supervisor que haya auditado las cuentas. No hay, en muchos casos, ni siquiera una jurisdicción clara donde presentar una demanda.

    La única protección real en el mundo cripto es asumir que cualquier plataforma centralizada es, hasta que demuestre lo contrario, una estafa en potencia. Es una forma triste de operar en un ecosistema que prometía liberarnos de la necesidad de confiar en intermediarios.

  • El metaverso que nunca existió

    El metaverso que nunca existió

    En octubre de 2021, Mark Zuckerberg subió a un escenario virtual para anunciar que Facebook, la empresa que había convertido la intimidad humana en mercancía, se rebautizaba como Meta. El futuro, proclamó con esa mezcla de entusiasmo y vacuidad que caracteriza al CEO de Silicon Valley medio, sería el metaverso: un universo digital inmersivo donde trabajaríamos, socializaríamos, compraríamos y viviríamos nuestras mejores vidas como avatares sin piernas. La humanidad estaba a punto de dar un salto evolutivo. Tres años después, podemos certificar que aquello fue una estafa narrativa de proporciones históricas.

    Meta ha invertido más de 50.000 millones de dólares en su división Reality Labs, el agujero negro contable donde se desarrolla el metaverso. Los resultados son, siendo generosos, patéticos. Horizon Worlds, la plataforma social de Meta, registra cifras de usuarios tan humillantes que la empresa dejó de publicarlas. Los propios empleados de Meta evitan usar el producto que se supone definirá el futuro de la compañía. El metaverso de Zuckerberg es un parque temático abandonado antes siquiera de abrir.

    Pero la verdadera estafa del metaverso no ocurrió en las oficinas de Meta; ocurrió en plataformas como Decentraland y The Sandbox, donde se vendieron terrenos virtuales por precios que desafiaban toda lógica. En el pico de la burbuja, una parcela de píxeles en Decentraland podía costar más que un apartamento real en una ciudad real. Celebridades compraron mansiones digitales. Marcas de lujo abrieron tiendas virtuales. JPMorgan, que no es precisamente una startup ingenua, inauguró una sucursal en el metaverso con toda la pompa que el absurdo ameritaba.

    La premisa de esta estafa descansaba sobre una falacia de escasez artificial. Los promotores argumentaban que el terreno virtual era limitado —cada plataforma tiene un número finito de parcelas— y que, por tanto, su valor solo podía aumentar. Era el mismo argumento que se empleó durante la burbuja inmobiliaria de 2008: la tierra es finita, la demanda es infinita, compre ahora o quédese fuera. Lo que olvidaban mencionar es que cualquiera puede crear un metaverso nuevo, que la escasez digital es una convención arbitraria, y que un terreno sin visitantes vale exactamente cero.

    Los números actuales son devastadores. Decentraland, que llegó a capitalizar miles de millones, registra apenas unas pocas docenas de usuarios activos simultáneos en un día típico. Las marcas que abrieron tiendas virtuales las han cerrado discretamente o las mantienen como mausoleos del hype. Los terrenos que se vendieron por cientos de miles de dólares no encuentran compradores ni a una fracción de su precio original. La estafa ha concluido; solo quedan los escombros.

    ¿Por qué fracasó el metaverso? Las razones son múltiples, pero la fundamental es simple: nadie lo necesitaba. La promesa de un mundo virtual inmersivo presupone que la realidad es insuficiente, que anhelamos escapar de nuestros cuerpos y nuestros espacios físicos hacia una simulación inferior. Es una premisa que solo tiene sentido para ingenieros de Silicon Valley que ya viven abstraídos de la experiencia humana ordinaria. Para el resto de la humanidad, una videollamada funciona perfectamente bien; no necesitamos convertirnos en muñecos de Playmobil para hablar con colegas.

    El metaverso también fracasó por razones tecnológicas. Los cascos de realidad virtual siguen siendo aparatosos, caros y nauseabundos —literalmente: un porcentaje significativo de usuarios experimenta mareos—. La latencia hace imposible la interacción fluida. Los gráficos, a pesar de los miles de millones invertidos, parecen sacados de un videojuego de 2005. Se nos prometió Ready Player One y se nos entregó Second Life con peor rendimiento.

    La estafa del metaverso tuvo consecuencias reales. Inversores minoristas perdieron fortunas en terrenos que ahora no valen nada. Empresas desviaron recursos hacia iniciativas metaversales que nunca generaron retorno. Y sobre todo, se desvió atención y capital de problemas tecnológicos genuinos hacia una fantasía que beneficiaba principalmente a quienes vendían la infraestructura del sueño.

    Zuckerberg, por su parte, ya ha comenzado a pivotar hacia la inteligencia artificial, el nuevo objeto brillante de Silicon Valley. El metaverso, esa revolución que iba a redefinir la existencia humana, ha quedado relegado a una nota a pie de página en la historia de las burbujas tecnológicas. Quienes compraron terrenos virtuales tendrán que consolarse visitando sus parcelas vacías, solos, en un mundo que nadie más quiso habitar.

  • Los memecoins presidenciales: Trump, Milei y la monetización del populismo

    Los memecoins presidenciales: Trump, Milei y la monetización del populismo

    Existe un momento en toda civilización decadente en que la distinción entre política y espectáculo se disuelve por completo. Ese momento, para Occidente, llegó cuando presidentes en ejercicio comenzaron a lanzar criptomonedas meme para enriquecerse directamente a costa de sus propios votantes. No estamos ante una metáfora del populismo como estafa; estamos ante la estafa literal, desnuda, sin disimulo.

    El 17 de enero de 2025, apenas tres días antes de su segunda investidura, Donald Trump anunció el lanzamiento de $TRUMP, un token digital sin utilidad alguna más allá de la especulación pura. La mecánica era transparente en su obscenidad: el 80% de los tokens quedaba en manos de entidades vinculadas al propio Trump, mientras el 20% restante se lanzaba al público para crear liquidez artificial. En cuestión de horas, la capitalización de mercado alcanzó cifras astronómicas. Los seguidores del presidente electo, convencidos de participar en algo histórico, compraron frenéticamente. Luego vino el desplome.

    Lo que hace única esta estafa es su carácter abiertamente político. Los compradores de $TRUMP no adquirían un activo financiero; compraban una profesión de fe. El token funcionaba como merchandising ideológico, como una gorra MAGA convertida en instrumento especulativo. Y precisamente por eso resultaba tan eficaz: criticar el token equivalía a criticar al líder, lo cual convertía cualquier advertencia en sospechosa de parcialidad política.

    Javier Milei, el presidente argentino que ha hecho del libertarismo de redes sociales su marca personal, protagonizó un episodio aún más grotesco. En febrero de 2025, Milei promocionó activamente el token $LIBRA ante sus millones de seguidores en redes sociales. El patrón fue idéntico al de tantas estafas cripto: pump and dump ejecutado con precisión quirúrgica. El precio se disparó tras el respaldo presidencial; los insiders vendieron en el pico; el valor se desplomó; los pequeños inversores —muchos de ellos argentinos de clase media que confiaban ciegamente en su presidente— perdieron sus ahorros.

    La defensa de Milei fue tan cínica como predecible: él solo había compartido información, no había recomendado invertir, cada adulto es responsable de sus decisiones. Es el mismo argumento que emplean todos los promotores de esquemas fraudulentos, desde los vendedores de crecepelo hasta los gurús de marketing multinivel. La diferencia es que Milei no es un influencer cualquiera; es el jefe de Estado de una nación sumida en crisis económica, cuyos ciudadanos depositan en él una confianza que debería ser sagrada.

    El fenómeno de los memecoins presidenciales revela una verdad incómoda sobre el populismo contemporáneo: la relación entre líder y seguidor se ha transformado en una transacción económica directa. Ya no basta con votar, asistir a mítines o comprar mercancía oficial; ahora se espera que el fiel invierta sus ahorros en vehículos financieros controlados por el propio líder. Es el paso lógico de un sistema que ha convertido la política en entretenimiento y el entretenimiento en extracción de valor.

    Los defensores de estas prácticas argumentan que los tokens meme son transparentes en su inutilidad —nadie promete que $TRUMP cure enfermedades ni que $LIBRA genere dividendos—. Es un argumento que confunde transparencia con honestidad. Cuando un presidente promociona un activo especulativo, está empleando el capital simbólico del cargo para inducir comportamientos financieros en ciudadanos que confían en él. Eso no es libertad de mercado; es abuso de poder con ánimo de lucro.

    La ausencia de consecuencias legales para estos actos es quizá lo más perturbador. En cualquier otro contexto, un ejecutivo que lanzara un token, lo promocionara públicamente y vendiera en el pico enfrentaría cargos por manipulación de mercado. Pero los presidentes operan en una zona gris legal que la regulación financiera no ha sabido abordar. El resultado es una impunidad que invita a la imitación.

    Estamos presenciando el nacimiento de un nuevo modelo de corrupción digital: directa, pública, gamificada. La estafa ya no necesita ocultarse en paraísos fiscales ni disfrazarse de consultoría; puede ejecutarse a la luz del día, con la bendición de millones de seguidores que celebran cada pump como una victoria tribal. El populismo ha encontrado su forma definitiva de monetización, y los únicos que pagan el precio son los verdaderos creyentes.

  • Las criptomonedas y la religión del dinero mágico

    Las criptomonedas y la religión del dinero mágico

    Del whitepaper de Satoshi al colapso de FTX: cómo una idea libertaria se convirtió en casino global

    En el principio fue el Verbo, y el Verbo estaba en un PDF. El 31 de octubre de 2008, una entidad anónima llamada Satoshi Nakamoto publicó un documento técnico de nueve páginas que prometía liberar a la humanidad de la tiranía de los bancos centrales. El whitepaper de Bitcoin era, en su concepción original, un ejercicio de criptografía aplicada al anarcocapitalismo: una moneda sin Estado, sin intermediarios, sin confianza necesaria en instituciones corruptas. Quince años después, aquella utopía libertaria se ha convertido en la estafa más sofisticada de la historia financiera moderna.

    Conviene ser precisos: la tecnología blockchain es real y tiene aplicaciones legítimas. El problema no es la criptografía, sino lo que se ha construido sobre ella. El ecosistema cripto actual se asemeja menos a una revolución monetaria que a un vasto esquema de transferencia de riqueza desde los ingenuos hacia los astutos, desde los tardíos hacia los tempranos, desde los pobres hacia los ya ricos.

    La mecánica de esta estafa opera a varios niveles simultáneos. En el nivel más básico, tenemos la volatilidad estructural: un activo que puede perder el 80% de su valor en meses no es una moneda, es un billete de lotería. Ningún comerciante sensato acepta pagos en un instrumento cuyo valor puede desplomarse mientras procesa la transacción. Bitcoin ha fracasado estrepitosamente como medio de intercambio —su función declarada— y sobrevive únicamente como vehículo especulativo.

    Pero la verdadera estafa reside en la asimetría informativa. Los grandes tenedores de Bitcoin —las ballenas, en la jerga del sector— pueden mover mercados con un solo tweet. Elon Musk demostró esta realidad de forma obscena cuando sus mensajes en redes sociales provocaban oscilaciones de miles de millones de dólares. Mientras tanto, el inversor minorista opera a ciegas, sin las herramientas ni la información necesaria para competir en este casino amañado.

    El colapso de FTX en noviembre de 2022 cristalizó todo lo podrido del ecosistema. Sam Bankman-Fried, el niño prodigio de rizos despeinados que había convencido a reguladores, periodistas y celebridades de que representaba el rostro responsable de las criptomonedas, resultó ser un estafador convencional envuelto en jerga tecnológica. FTX, que llegó a valer 32.000 millones de dólares, era poco más que un esquema Ponzi con servidores: los fondos de los clientes se desviaban sistemáticamente hacia Alameda Research, el hedge fund del propio Bankman-Fried, para financiar inversiones ruinosas, donaciones políticas y un estilo de vida extravagante en las Bahamas.

    Lo más revelador del caso FTX no fue el fraude en sí —los fraudes existen desde que existe el dinero—, sino la complicidad institucional que lo hizo posible. Fondos de inversión reputados como Sequoia Capital y SoftBank invirtieron miles de millones sin realizar una due diligence mínima. Medios de comunicación prestigiosos publicaron perfiles hagiográficos del joven genio altruista. Políticos de ambos partidos en Estados Unidos aceptaron sus donaciones sin hacer preguntas incómodas. La estafa de FTX no fue obra de un solo hombre; fue un fracaso sistémico de todos los mecanismos de control que supuestamente protegen al inversor.

    El argumento más pernicioso de los defensores de las criptomonedas es que los excesos de actores malos no invalidan la tecnología subyacente. Es un argumento técnicamente correcto y profundamente deshonesto. Cuando un ecosistema produce fraudes de forma tan consistente —Mt. Gox, BitConnect, OneCoin, Celsius, Voyager, BlockFi, FTX, y la lista continúa—, el problema no son las manzanas podridas, sino el árbol envenenado. La ausencia de regulación, celebrada como una virtud por los criptolibertarios, es precisamente lo que convierte al sector en un paraíso para estafadores.

    El balance final de quince años de criptomonedas es desolador. No han democratizado las finanzas; han creado una nueva élite de cripto-oligarcas. No han protegido contra la inflación; han destruido más riqueza de la que han generado. No han liberado a nadie de los bancos; han sometido a millones a plataformas infinitamente menos reguladas y más peligrosas. La revolución prometida era, desde el principio, una estafa con pretensiones filosóficas.

  • Las NFTs y la mercantilización del vacío

    Las NFTs y la mercantilización del vacío

    Hubo un tiempo, no tan lejano, en que un archivo JPEG de un simio aburrido podía valer más que un piso en el centro de Madrid. Aquel tiempo —digámoslo sin ambages— fue el de una estafa colectiva tan fascinante como vergonzante, un episodio que historiadores económicos y críticos culturales estudiarán durante décadas como ejemplo paradigmático de la irracionalidad de los mercados y la degradación del concepto mismo de arte.

    Las NFTs (Non-Fungible Tokens) irrumpieron en el imaginario colectivo prometiendo una revolución en la propiedad digital. La promesa era seductora: por primera vez, gracias a la tecnología blockchain, sería posible poseer de forma verificable un objeto digital único. Los evangelistas del sector —esa peculiar casta de tech bros reconvertidos en filósofos de la escasez artificial— nos aseguraron que estábamos presenciando el nacimiento de un nuevo paradigma. Lo que presenciamos, en realidad, fue el nacimiento de una burbuja especulativa construida sobre los cimientos de la ignorancia tecnológica y la avaricia más primitiva.

    Desde el punto de vista económico, el mercado de NFTs exhibió todas las características clásicas de una estafa piramidal apenas disimulada. El mecanismo era elegante en su simplicidad: los primeros inversores compraban a precios bajos, generaban hype artificial en redes sociales —especialmente Twitter, esa cloaca dorada del capitalismo digital—, y vendían a recién llegados deslumbrados por la promesa de rendimientos estratosféricos. El mayor beneficiado no era el artista ni el coleccionista, sino el intermediario: las plataformas de intercambio que cobraban comisiones por cada transacción y los influencers que recibían pagos opacos por promocionar colecciones destinadas al fracaso.

    Los números, cuando finalmente llegó el colapso, fueron elocuentes. Según diversos análisis, más del 95% de las colecciones de NFTs carecen hoy de cualquier valor de mercado. Millones de compradores descubrieron, demasiado tarde, que aquello que habían adquirido no era una obra de arte ni una inversión, sino un certificado de propiedad sobre la nada. Porque conviene recordar una verdad incómoda que los promotores de esta estafa ocultaron sistemáticamente: comprar un NFT no otorga derechos sobre la imagen, ni impide que cualquiera pueda copiarla, ni garantiza siquiera que el enlace al archivo siga funcionando dentro de cinco años.

    Desde la perspectiva artística, el fenómeno NFT representa algo quizá más perturbador: la rendición definitiva del arte ante la lógica del capital. El valor de una obra dejó de estar vinculado a su capacidad de conmovernos, provocarnos o hacernos pensar. El único criterio relevante pasó a ser su potencial de revalorización. Los Bored Apes, los CryptoPunks y sus infinitas imitaciones no pretendían ser arte; pretendían ser activos especulativos con la estética del arte, que es algo muy distinto.

    Esta estafa estética tuvo cómplices ilustres. Casas de subastas centenarias como Christie’s y Sotheby’s legitimaron el mercado de NFTs con ventas millonarias, prestando su reputación institucional a lo que era, esencialmente, un casino digital. Celebrities de toda índole —desde Paris Hilton hasta figuras del deporte profesional— promocionaron colecciones sin revelar sus intereses económicos, en lo que constituye un ejemplo de libro de manipulación de mercado.

    El colapso era inevitable y llegó con la violencia propia de todas las burbujas. Cuando la Reserva Federal comenzó a subir los tipos de interés y el dinero fácil empezó a escasear, el mercado de NFTs se desplomó. La liquidez se evaporó de un día para otro, dejando a miles de inversores minoristas atrapados con activos invendibles. Los grandes operadores, por supuesto, ya habían abandonado el barco.

    Lo verdaderamente trágico de esta estafa no es el dinero perdido —aunque las cifras sean astronómicas—, sino el daño infligido a la confianza en la intersección entre tecnología y cultura. Existían, y existen, aplicaciones legítimas de la tecnología blockchain en el mundo del arte: trazabilidad de obras, gestión de derechos, nuevas formas de mecenazgo. Todas ellas han quedado contaminadas por el espectáculo grotesco de los simios pixelados y los millones evaporados.

    La historia de las NFTs nos deja una lección que deberíamos grabar en piedra: cuando alguien te promete que has llegado temprano a una revolución financiera, probablemente has llegado tarde a una estafa.

  • Espejismos digitales: anatomía de la estafa del siglo XXI

    Espejismos digitales: anatomía de la estafa del siglo XXI

    Hay una vieja máxima en el mundo de las finanzas que sostiene que, cuando el dinero fácil abunda, los estafadores florecen. La década que va de 2015 a 2025 ha demostrado que esa máxima se queda corta: cuando el dinero fácil se combina con tecnología incomprensible y regulación inexistente, lo que florece no son estafadores aislados, sino ecosistemas enteros de extracción de riqueza tan sofisticados que sus propias víctimas los defienden con fervor religioso.

    Este ciclo de artículos que comienza hoy nace de una perplejidad. ¿Cómo es posible que sociedades que se precian de su sofisticación financiera —que han desarrollado durante siglos mecanismos para proteger al inversor, que recuerdan con horror la crisis de 2008, que enseñan en sus escuelas de negocios casos de estudio sobre burbujas históricas— hayan caído, colectiva y repetidamente, en estafas cuya arquitectura era visible para cualquiera que quisiera mirar? ¿Cómo explicar que millones de personas entregaran sus ahorros a adolescentes anónimos que prometían revolucionar las finanzas desde apartamentos en las Bahamas? ¿Qué mecanismo psicológico y social permitió que la palabra «descentralizado» funcionara como un conjuro capaz de suspender todo escepticismo?

    La respuesta, sospecho, tiene menos que ver con la tecnología que con algo más antiguo y más humano: la codicia democratizada. Durante décadas, el ciudadano medio observó cómo las élites financieras se enriquecían mediante instrumentos opacos e inaccesibles. La promesa del fintech —de las criptomonedas, de las finanzas descentralizadas, de los tokens y los NFTs— fue que cualquiera podía ahora sentarse a la mesa donde se repartía el botín. Lo que nadie mencionó es que, en esa mesa, el ciudadano medio no era el jugador; era el producto.

    La estafa como fenómeno cultural

    Las estafas que documentaremos comparten una característica que las distingue de los fraudes financieros tradicionales: su dimensión cultural. Bernie Madoff operaba en la sombra, cultivando la exclusividad y el secretismo. Los estafadores del fintech operan a plena luz, con podcasts, cuentas de Twitter verificadas, conferencias en Dubai y entrevistas en medios respetables. No se esconden; se exhiben.

    Esta visibilidad no es accidental. Es parte integral del mecanismo de la estafa. Cuando un emprendedor de 28 años posa en la portada de Forbes junto a titulares sobre su genialidad disruptiva, cuando un expresidente de Estados Unidos aparece en un anuncio del Super Bowl promocionando criptomonedas, cuando casas de subastas centenarias venden JPEGs de simios por millones de dólares, el mensaje implícito es que esto es legítimo. La estafa contemporánea no necesita ocultarse porque ha sido normalizada, integrada en el tejido de la cultura mainstream, bendecida por instituciones que deberían saber mejor.

    El resultado es una inversión perversa de la carga de la prueba. Quien señala que el emperador está desnudo —que los rendimientos son insostenibles, que los tokens carecen de valor intrínseco, que los fundadores tienen antecedentes dudosos— es descartado como un aguafiestas tecnófobo, un representante del viejo mundo incapaz de comprender el nuevo paradigma. La estafa se protege a sí misma mediante una comunidad de creyentes que atacan viciosamente cualquier heterodoxia.

  • Cyber Guardian, plataforma innovadora de ciberseguridad para ayudar a proteger a las PYMES

    Cyber Guardian, plataforma innovadora de ciberseguridad para ayudar a proteger a las PYMES

    Banco Santander ha puesto en marcha Cyber Guardian, una nueva solución para que las pymes puedan defenderse de las amenazas del mundo digital y fortalecer la protección de su negocio, con la misma capacidad que tienen ya las grandes corporaciones. Cyber Guardian, creada en colaboración con Factum, empresa participada por el banco a través de Tresmares, permite a las pymes proteger su negocio de las ciberamenazas, con soluciones punteras y servicios innovadores.

    El avance de la digitalización en todos los sectores ha puesto de manifiesto la importancia de la ciberseguridad, no sólo para las grandes compañías, sino también para las pequeñas y medianas. Los datos, de hecho, indican que el 70% de los ciberataques que se produce en España son contra pymes y cada uno de ellos tiene un coste promedio de resolución de 35.000 euros, además de los costes operativos, reputacionales y la potencial pérdida de clientes. Son impactos que suponen un duro golpe para una empresa, que puede concluir incluso con su desaparición y que evidencian, una vez más, que la mejor estrategia contra los ciberataques es la prevención. 

    Cyber Guardian

    Cyber Guardian es un servicio que ofrece a las pymes la capacidad de evaluar su riesgo de ciberseguridad; proteger sus dispositivos, emails y navegación, así como formar a sus empleados, entrenándolos con pruebas de phishing y mensajes de concienciación, para convertirles así en la primera barrera de defensa. Esta solución incorpora, además, monitorización proactiva de alertas de seguridad 24/7 y permite responder a las amenazas más avanzadas y emergentes. Todo ello, sin necesidad de conocimientos previos y de forma fácil e intuitiva para el usuario.

    Entre las innovadoras funciones que Cyber Guardian pone a disposición de las pymes cabe mencionar la herramienta de puntuación de Ciberseguridad. Con ella, los usuarios de esta solución mantienen un seguimiento continuo del nivel de ciberseguridad de su negocio y pueden gestionar sus riesgos. Además, el servicio de monitorización permanente y automático evalúa la gravedad de los riesgos.

    Al mismo tiempo, la herramienta ofrece protección para todos los dispositivos de la compañía, ya que monitoriza, detecta y elimina virus, ransomware, troyanos y spyware, conocidos o no. Cyber Guardian ayuda a detectar eventuales fallos de seguridad en las webs de la pyme.

    La solución de Santander y Factum también ayuda a las empresas en una tarea fundamental: la concienciación de los trabajadores de la importancia de la ciberseguridad. Así, por ejemplo, permite el envío de simulaciones de phishing a los empleados, para que aprendan a reconocer los correos maliciosos y sepan cómo actuar frente a ellos, a través de una formación específica.