Existe un momento en toda civilización decadente en que la distinción entre política y espectáculo se disuelve por completo. Ese momento, para Occidente, llegó cuando presidentes en ejercicio comenzaron a lanzar criptomonedas meme para enriquecerse directamente a costa de sus propios votantes. No estamos ante una metáfora del populismo como estafa; estamos ante la estafa literal, desnuda, sin disimulo.
El 17 de enero de 2025, apenas tres días antes de su segunda investidura, Donald Trump anunció el lanzamiento de $TRUMP, un token digital sin utilidad alguna más allá de la especulación pura. La mecánica era transparente en su obscenidad: el 80% de los tokens quedaba en manos de entidades vinculadas al propio Trump, mientras el 20% restante se lanzaba al público para crear liquidez artificial. En cuestión de horas, la capitalización de mercado alcanzó cifras astronómicas. Los seguidores del presidente electo, convencidos de participar en algo histórico, compraron frenéticamente. Luego vino el desplome.
Lo que hace única esta estafa es su carácter abiertamente político. Los compradores de $TRUMP no adquirían un activo financiero; compraban una profesión de fe. El token funcionaba como merchandising ideológico, como una gorra MAGA convertida en instrumento especulativo. Y precisamente por eso resultaba tan eficaz: criticar el token equivalía a criticar al líder, lo cual convertía cualquier advertencia en sospechosa de parcialidad política.
Javier Milei, el presidente argentino que ha hecho del libertarismo de redes sociales su marca personal, protagonizó un episodio aún más grotesco. En febrero de 2025, Milei promocionó activamente el token $LIBRA ante sus millones de seguidores en redes sociales. El patrón fue idéntico al de tantas estafas cripto: pump and dump ejecutado con precisión quirúrgica. El precio se disparó tras el respaldo presidencial; los insiders vendieron en el pico; el valor se desplomó; los pequeños inversores —muchos de ellos argentinos de clase media que confiaban ciegamente en su presidente— perdieron sus ahorros.
La defensa de Milei fue tan cínica como predecible: él solo había compartido información, no había recomendado invertir, cada adulto es responsable de sus decisiones. Es el mismo argumento que emplean todos los promotores de esquemas fraudulentos, desde los vendedores de crecepelo hasta los gurús de marketing multinivel. La diferencia es que Milei no es un influencer cualquiera; es el jefe de Estado de una nación sumida en crisis económica, cuyos ciudadanos depositan en él una confianza que debería ser sagrada.
El fenómeno de los memecoins presidenciales revela una verdad incómoda sobre el populismo contemporáneo: la relación entre líder y seguidor se ha transformado en una transacción económica directa. Ya no basta con votar, asistir a mítines o comprar mercancía oficial; ahora se espera que el fiel invierta sus ahorros en vehículos financieros controlados por el propio líder. Es el paso lógico de un sistema que ha convertido la política en entretenimiento y el entretenimiento en extracción de valor.
Los defensores de estas prácticas argumentan que los tokens meme son transparentes en su inutilidad —nadie promete que $TRUMP cure enfermedades ni que $LIBRA genere dividendos—. Es un argumento que confunde transparencia con honestidad. Cuando un presidente promociona un activo especulativo, está empleando el capital simbólico del cargo para inducir comportamientos financieros en ciudadanos que confían en él. Eso no es libertad de mercado; es abuso de poder con ánimo de lucro.
La ausencia de consecuencias legales para estos actos es quizá lo más perturbador. En cualquier otro contexto, un ejecutivo que lanzara un token, lo promocionara públicamente y vendiera en el pico enfrentaría cargos por manipulación de mercado. Pero los presidentes operan en una zona gris legal que la regulación financiera no ha sabido abordar. El resultado es una impunidad que invita a la imitación.
Estamos presenciando el nacimiento de un nuevo modelo de corrupción digital: directa, pública, gamificada. La estafa ya no necesita ocultarse en paraísos fiscales ni disfrazarse de consultoría; puede ejecutarse a la luz del día, con la bendición de millones de seguidores que celebran cada pump como una victoria tribal. El populismo ha encontrado su forma definitiva de monetización, y los únicos que pagan el precio son los verdaderos creyentes.
