En octubre de 2021, Mark Zuckerberg subió a un escenario virtual para anunciar que Facebook, la empresa que había convertido la intimidad humana en mercancía, se rebautizaba como Meta. El futuro, proclamó con esa mezcla de entusiasmo y vacuidad que caracteriza al CEO de Silicon Valley medio, sería el metaverso: un universo digital inmersivo donde trabajaríamos, socializaríamos, compraríamos y viviríamos nuestras mejores vidas como avatares sin piernas. La humanidad estaba a punto de dar un salto evolutivo. Tres años después, podemos certificar que aquello fue una estafa narrativa de proporciones históricas.
Meta ha invertido más de 50.000 millones de dólares en su división Reality Labs, el agujero negro contable donde se desarrolla el metaverso. Los resultados son, siendo generosos, patéticos. Horizon Worlds, la plataforma social de Meta, registra cifras de usuarios tan humillantes que la empresa dejó de publicarlas. Los propios empleados de Meta evitan usar el producto que se supone definirá el futuro de la compañía. El metaverso de Zuckerberg es un parque temático abandonado antes siquiera de abrir.
Pero la verdadera estafa del metaverso no ocurrió en las oficinas de Meta; ocurrió en plataformas como Decentraland y The Sandbox, donde se vendieron terrenos virtuales por precios que desafiaban toda lógica. En el pico de la burbuja, una parcela de píxeles en Decentraland podía costar más que un apartamento real en una ciudad real. Celebridades compraron mansiones digitales. Marcas de lujo abrieron tiendas virtuales. JPMorgan, que no es precisamente una startup ingenua, inauguró una sucursal en el metaverso con toda la pompa que el absurdo ameritaba.
La premisa de esta estafa descansaba sobre una falacia de escasez artificial. Los promotores argumentaban que el terreno virtual era limitado —cada plataforma tiene un número finito de parcelas— y que, por tanto, su valor solo podía aumentar. Era el mismo argumento que se empleó durante la burbuja inmobiliaria de 2008: la tierra es finita, la demanda es infinita, compre ahora o quédese fuera. Lo que olvidaban mencionar es que cualquiera puede crear un metaverso nuevo, que la escasez digital es una convención arbitraria, y que un terreno sin visitantes vale exactamente cero.
Los números actuales son devastadores. Decentraland, que llegó a capitalizar miles de millones, registra apenas unas pocas docenas de usuarios activos simultáneos en un día típico. Las marcas que abrieron tiendas virtuales las han cerrado discretamente o las mantienen como mausoleos del hype. Los terrenos que se vendieron por cientos de miles de dólares no encuentran compradores ni a una fracción de su precio original. La estafa ha concluido; solo quedan los escombros.
¿Por qué fracasó el metaverso? Las razones son múltiples, pero la fundamental es simple: nadie lo necesitaba. La promesa de un mundo virtual inmersivo presupone que la realidad es insuficiente, que anhelamos escapar de nuestros cuerpos y nuestros espacios físicos hacia una simulación inferior. Es una premisa que solo tiene sentido para ingenieros de Silicon Valley que ya viven abstraídos de la experiencia humana ordinaria. Para el resto de la humanidad, una videollamada funciona perfectamente bien; no necesitamos convertirnos en muñecos de Playmobil para hablar con colegas.
El metaverso también fracasó por razones tecnológicas. Los cascos de realidad virtual siguen siendo aparatosos, caros y nauseabundos —literalmente: un porcentaje significativo de usuarios experimenta mareos—. La latencia hace imposible la interacción fluida. Los gráficos, a pesar de los miles de millones invertidos, parecen sacados de un videojuego de 2005. Se nos prometió Ready Player One y se nos entregó Second Life con peor rendimiento.
La estafa del metaverso tuvo consecuencias reales. Inversores minoristas perdieron fortunas en terrenos que ahora no valen nada. Empresas desviaron recursos hacia iniciativas metaversales que nunca generaron retorno. Y sobre todo, se desvió atención y capital de problemas tecnológicos genuinos hacia una fantasía que beneficiaba principalmente a quienes vendían la infraestructura del sueño.
Zuckerberg, por su parte, ya ha comenzado a pivotar hacia la inteligencia artificial, el nuevo objeto brillante de Silicon Valley. El metaverso, esa revolución que iba a redefinir la existencia humana, ha quedado relegado a una nota a pie de página en la historia de las burbujas tecnológicas. Quienes compraron terrenos virtuales tendrán que consolarse visitando sus parcelas vacías, solos, en un mundo que nadie más quiso habitar.




