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  • WeWork y la mística del coworking

    WeWork y la mística del coworking

    Hay un género cinematográfico menor, casi un subgénero del thriller financiero, que podríamos denominar la caída del mesías corporativo. Enron tuvo su película, Theranos su documental, Madoff su miniserie. WeWork, la empresa que convirtió el alquiler de escritorios en una religión valorada en 47.000 millones de dólares, merece un lugar destacado en ese panteón. No porque su estafa fuera la más sofisticada —fue, de hecho, asombrosamente simple—, sino porque reveló con claridad meridiana la credulidad patológica de un ecosistema inversor que había perdido todo contacto con la realidad.

    Adam Neumann era, en el sentido más literal del término, un vendedor de humo con acento. Israelí de nacimiento, criado en un kibutz, alto, carismático, con una melena de profeta bíblico y una esposa que se presentaba como su socia espiritual, Neumann encarnaba el arquetipo del fundador visionario que Silicon Valley venera con fervor cuasi-religioso. Hablaba de consciencia, de comunidad, de elevar la consciencia mundial. También bebía tequila en reuniones de directorio, fumaba marihuana en jets privados, y gastaba el dinero de los inversores con una prodigalidad que habría sonrojado a un monarca absolutista.

    El negocio subyacente de WeWork era tan antiguo como el capitalismo inmobiliario: arrendar espacios a largo plazo y subarrendarlos a corto plazo. Es el modelo de cualquier hotel, de cualquier aparcamiento, de cualquier trastero de alquiler. No hay nada inherentemente malo en él, pero tampoco hay nada inherentemente tecnológico. WeWork añadió cerveza artesanal, mesas de ping-pong, y una estética de startup californiana. Llamó a sus clientes miembros, como si fueran acólitos de un club exclusivo. Y, crucialmente, se autodefinió como una empresa tecnológica.

    Esta última decisión fue la clave de la estafa. Una inmobiliaria se valora por sus activos, sus flujos de caja, sus contratos. Los múltiplos son modestos porque el negocio es maduro y competitivo. Una empresa tecnológica, en cambio, se valora por su potencial de crecimiento exponencial, por efectos de red que aún no existen, por la promesa de dominar mercados que aún no se han definido. Al presentarse como tech, WeWork accedió a valoraciones que ninguna inmobiliaria podría soñar.

    El papel de SoftBank merece un análisis detenido. Masayoshi Son, el fundador de SoftBank, se reunió con Neumann durante apenas doce minutos —según la leyenda que ambos cultivaron— antes de decidir invertir 4.400 millones de dólares. Son declaró que vio en Neumann una versión joven de sí mismo, un visionario incomprendido por mentes pequeñas. Lo que vio, en realidad, fue un espejo de su propia megalomanía: alguien dispuesto a quemar capital indefinidamente en persecución de escala, bajo la teoría de que el ganador se lleva todo.

    La inyección de capital de SoftBank permitió a WeWork crecer a velocidad suicida. La empresa alquilaba edificios enteros en las ubicaciones más caras del mundo, los reformaba con la estética de un dormitorio universitario de élite, y los llenaba de startups y freelancers seducidos por la promesa de pertenecer a algo. Cada nueva ubicación perdía dinero desde el primer día. No importaba: el objetivo no era la rentabilidad, sino la narrativa de crecimiento que justificaría la siguiente ronda de financiación.

    Los números, cuando finalmente se hicieron públicos en el prospecto de salida a bolsa de 2019, revelaron la magnitud del desastre. WeWork perdía dos dólares por cada dólar que ingresaba. Sus contratos de arrendamiento comprometían a la empresa por décadas, mientras sus subarrendatarios podían marcharse con semanas de preaviso. El descalce temporal era una bomba de relojería: cualquier recesión económica provocaría una estampida de miembros mientras WeWork seguía atrapada pagando alquileres astronómicos.

    Pero lo verdaderamente obsceno del prospecto no fueron los números, sino el lenguaje. WeWork se describía a sí misma como una empresa dedicada a elevar la consciencia mundial. La palabra comunidad aparecía 150 veces. La palabra beneficio, casi ninguna. Era un documento de fe, no de finanzas, y los inversores institucionales que lo leyeron reaccionaron con una mezcla de incredulidad y horror.

    La salida a bolsa fue cancelada. El valor de la empresa se desplomó de 47.000 millones a menos de 10.000 millones en cuestión de semanas. Adam Neumann fue forzado a dimitir, pero no sin antes negociar un paquete de salida de 1.700 millones de dólares —mil setecientos millones por destruir una empresa—. SoftBank, atrapado en su propia creación, tuvo que inyectar miles de millones adicionales para evitar la bancarrota inmediata.

    La estafa de WeWork no fue, técnicamente, un fraude. Neumann no falsificó libros contables ni mintió sobre productos inexistentes. Su delito fue más sutil: vendió una narrativa que sabía insostenible a inversores que querían creerla. Explotó la disposición de Silicon Valley a suspender el escepticismo ante fundadores carismáticos. Convirtió la pérdida de dinero en virtud y el crecimiento en religión.

    El epílogo es instructivo. WeWork finalmente salió a bolsa en 2021 mediante una SPAC —otro vehículo de dudosa reputación que analizaremos más adelante—. La valoración fue de 9.000 millones de dólares, una fracción de su pico. En 2023, la empresa se declaró en bancarrota. Adam Neumann, mientras tanto, ha levantado cientos de millones para un nuevo proyecto inmobiliario. Porque en el ecosistema de la estafa corporativa, el fracaso no descalifica; certifica la capacidad de recaudar.

    La moraleja de WeWork es aplicable a todo el universo startup: cuando alguien te dice que ha reinventado un negocio centenario mediante vibes y disrupción, agarra tu cartera y corre. La consciencia elevada no paga el alquiler

  • El metaverso que nunca existió

    El metaverso que nunca existió

    En octubre de 2021, Mark Zuckerberg subió a un escenario virtual para anunciar que Facebook, la empresa que había convertido la intimidad humana en mercancía, se rebautizaba como Meta. El futuro, proclamó con esa mezcla de entusiasmo y vacuidad que caracteriza al CEO de Silicon Valley medio, sería el metaverso: un universo digital inmersivo donde trabajaríamos, socializaríamos, compraríamos y viviríamos nuestras mejores vidas como avatares sin piernas. La humanidad estaba a punto de dar un salto evolutivo. Tres años después, podemos certificar que aquello fue una estafa narrativa de proporciones históricas.

    Meta ha invertido más de 50.000 millones de dólares en su división Reality Labs, el agujero negro contable donde se desarrolla el metaverso. Los resultados son, siendo generosos, patéticos. Horizon Worlds, la plataforma social de Meta, registra cifras de usuarios tan humillantes que la empresa dejó de publicarlas. Los propios empleados de Meta evitan usar el producto que se supone definirá el futuro de la compañía. El metaverso de Zuckerberg es un parque temático abandonado antes siquiera de abrir.

    Pero la verdadera estafa del metaverso no ocurrió en las oficinas de Meta; ocurrió en plataformas como Decentraland y The Sandbox, donde se vendieron terrenos virtuales por precios que desafiaban toda lógica. En el pico de la burbuja, una parcela de píxeles en Decentraland podía costar más que un apartamento real en una ciudad real. Celebridades compraron mansiones digitales. Marcas de lujo abrieron tiendas virtuales. JPMorgan, que no es precisamente una startup ingenua, inauguró una sucursal en el metaverso con toda la pompa que el absurdo ameritaba.

    La premisa de esta estafa descansaba sobre una falacia de escasez artificial. Los promotores argumentaban que el terreno virtual era limitado —cada plataforma tiene un número finito de parcelas— y que, por tanto, su valor solo podía aumentar. Era el mismo argumento que se empleó durante la burbuja inmobiliaria de 2008: la tierra es finita, la demanda es infinita, compre ahora o quédese fuera. Lo que olvidaban mencionar es que cualquiera puede crear un metaverso nuevo, que la escasez digital es una convención arbitraria, y que un terreno sin visitantes vale exactamente cero.

    Los números actuales son devastadores. Decentraland, que llegó a capitalizar miles de millones, registra apenas unas pocas docenas de usuarios activos simultáneos en un día típico. Las marcas que abrieron tiendas virtuales las han cerrado discretamente o las mantienen como mausoleos del hype. Los terrenos que se vendieron por cientos de miles de dólares no encuentran compradores ni a una fracción de su precio original. La estafa ha concluido; solo quedan los escombros.

    ¿Por qué fracasó el metaverso? Las razones son múltiples, pero la fundamental es simple: nadie lo necesitaba. La promesa de un mundo virtual inmersivo presupone que la realidad es insuficiente, que anhelamos escapar de nuestros cuerpos y nuestros espacios físicos hacia una simulación inferior. Es una premisa que solo tiene sentido para ingenieros de Silicon Valley que ya viven abstraídos de la experiencia humana ordinaria. Para el resto de la humanidad, una videollamada funciona perfectamente bien; no necesitamos convertirnos en muñecos de Playmobil para hablar con colegas.

    El metaverso también fracasó por razones tecnológicas. Los cascos de realidad virtual siguen siendo aparatosos, caros y nauseabundos —literalmente: un porcentaje significativo de usuarios experimenta mareos—. La latencia hace imposible la interacción fluida. Los gráficos, a pesar de los miles de millones invertidos, parecen sacados de un videojuego de 2005. Se nos prometió Ready Player One y se nos entregó Second Life con peor rendimiento.

    La estafa del metaverso tuvo consecuencias reales. Inversores minoristas perdieron fortunas en terrenos que ahora no valen nada. Empresas desviaron recursos hacia iniciativas metaversales que nunca generaron retorno. Y sobre todo, se desvió atención y capital de problemas tecnológicos genuinos hacia una fantasía que beneficiaba principalmente a quienes vendían la infraestructura del sueño.

    Zuckerberg, por su parte, ya ha comenzado a pivotar hacia la inteligencia artificial, el nuevo objeto brillante de Silicon Valley. El metaverso, esa revolución que iba a redefinir la existencia humana, ha quedado relegado a una nota a pie de página en la historia de las burbujas tecnológicas. Quienes compraron terrenos virtuales tendrán que consolarse visitando sus parcelas vacías, solos, en un mundo que nadie más quiso habitar.